Educación emocional: Enseñar y aprender a ser

La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón. Howard Hendricks

En la clase de Self Sciencie, programa de New Learning Center, se pasa lista preguntando del 1 al 10. Cuando un alumno responde menos de 5, los compañeros o el profesor pueden preguntar “¿quieres compartir con nosotros cómo te encuentras?”. Aunque nadie está obligado a contestar, existe la posibilidad de que cada alumno exprese sus sentimientos y que entre todos se busquen soluciones creativas (Goleman, 1995).

Las preocupaciones de los alumnos, que suelen girar en torno a sus relaciones personales, dan pie a que se trabajen objetivos propios de un programa de Educación Emocional. Los temas que se tratan se enmarcan en 5 pilares:

  1. Autoconciencia emocional: Conocimiento de uno mismo
  2. Regulación de las emociones
  3. Motivación: El impulso de las emociones
  4. Empatía: Comprensión de las emociones de otros
  5. Habilidades sociales: Dirigir las relaciones

Las tres primeras dimensiones pertenecen a la esfera de lo intrapersonal y las dos últimas al territorio compartido con los demás.

En 1990 los psicólogos Peter Salovey y John Mayer crearon un modelo de inteligencia, llamado Inteligencia Emocional, que incluía las origen IEdos últimas inteligencias de la Teoría de las inteligencias múltiples de Gardner dentro de estas cinco áreas.

El término inteligencia emocional se popularizó, sin embargo, en 1995 a través del libro, con el mismo nombre, del periodista y psicólogo Daniel Goleman. Las aportaciones que realizó este autor, gracias a los avances en neurociencia y a los trabajos de los psicólogos citados -entre otros muchos-, revolucionó la idea de que el éxito de las personas depende del nivel de desarrollo de las habilidades personales que posean y no tanto de su cociente intelectual.

Goleman define la Inteligencia Emocional como la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las emociones, en nosotros mismos y en nuestras relaciones” (Goleman, 1995).

El aprendizaje de estas capacidades se inicia en el hogar y durante los 3 y 4 años de vida se desarrolla a una velocidad vertiginosa, siendo fundamental cuidar cada una de estas competencias para que no haya daños en los centros de aprendizaje del cerebro emocional y neocortical.

El niño aprenderá las principales lecciones emocionales de sus figuras de apego. Por ejemplo, a reconocer señales afectivas de proximidad o de rechazo, a inhibir ciertas emociones frente a otras, a mostrar confianza o recelo ante las novedades, a responder con amabilidad o agresividad, a controlar sus impulsos o a ser caprichoso, etc. 

Con ello, lo que un niño muestra al mundo de sí mismo es un reflejo de lo que ha aprendido en sus relaciones con los demás, pero será en la escuela donde tendrá que demostrar si cumple con los parámetros exigidos a nivel social.

Esta evaluación es doble: se le evaluará a nivel académico y a nivel personal dentro y fuera del aula. 

En el primer caso, los profesores están obligados a evaluar a sus alumnos en función de los resultados que obtengan durante el curso. Muchas veces, estas evaluaciones no miden la capacidad de “aprehender” (ser activo en el proceso de aprender, apropiarse del conocimiento haciendo que tenga un sentido, obtener un aprendizaje significativo…) porque no se suelen tener en cuenta -y no se trabajan- las variables que intervienen en el rendimiento académico:

  • Educación emocionalConfianza: Sensación de poder tener éxito en lo que se haga.
  • Curiosidad: Interés y motivación por descubrir cosas nuevas.
  • Intencionalidad: Deseo de lograr algo.
  • Autocontrol: Capacidad de regular las propias conductas para conseguir algo.
  • Relación: Capacidad de relacionarse con los demás, de comprender a otros y de ser comprendido.
  • Comunicación: Capacidad de intercambiar ideas gracias a la confianza de poder hacerlo.
  • Cooperación: Armonizar las necesidades propias con las ajenas.

Según varios informes realizados en el campo de la Educación, la mayor parte de los alumnos que presentan bajo rendimiento escolar carecen de algunas de estas capacidades propias de la inteligencia emocional (Fernández-Berrocal y cols, 2004).

Gracias a la neurociencia se sabe que la capacidad de regular las emociones influye directamente en el equilibrio psicológico y éste en el modo de afrontar las tareas que se tienen que realizar, la capacidad de concentración y de asimilación de conceptos, la manera de estar en el aula, etc. Por más que a veces se quiera obviar esta información, el bienestar que sienten los niños afecta a su rendimiento académico final

Por otro lado, las características personales (aspectos físicos, cognitivos, emocionales y sociales) de cada niño crea un mapa emocional en los otros que les inducirá a predecir los resultados que pueda obtener (Efecto Pigmalión en los docentes y los padres) y a  ser admitido o rechazado en el grupo de iguales.

Contexto IE

Este modelo implica una gran responsabilidad. Por un lado, los padres y docentes deben ser los encargados de estimular las competencias emocionales en los niños desde una temprana edad.  Para ello, su ejemplo y modo de enseñar es determinante para aumentar la motivación por aprender y ayudarles a construir un futuro próspero en lo profesional y en lo personal. Por otro lado, entender este paradigma hace imposible seguir viendo el mundo de una manera lineal donde los resultados se entienden como consecuencia de una mayor inteligencia, títulos, méritos o posición social.

Esto es así porque la educación emocional nos muestra un mundo donde puede existir la igualdad de oportunidades, donde no cuenta lo que tienes sino quien eres y es en el hogar y en el aula donde se puede ayudar a que los niños aprendan valores como la solidaridad, la colaboración, el respeto a las diferencias, el trabajo en equipo, etc. que ayuden a cambiar su vida y la de su entorno. 

Los profesores pueden incorporar en sus clases, ya sean de matemáticas, inglés o geografía, dinámicas que favorezcan estos valores a través de ejercicios en los que se desarrollen de una manera natural las competencias emocionales.

La manera de ver el mundo a través de las gafas de la Educación Emocional abre a los educadores la oportunidad de APRENDER sobre sí mismos, mejorar sus cualidades como maestros y personas, mientras a la vez enseñan a sus hijos y alumnos a SER.

Noelia Estévez, psicóloga especialista en desarrollo

@nstvz  | @CambiarEducando

Fuentes:

Bisquerra, R. (2011). Educación Emocional. Ed. Desclée de Brouwer.

Bisquerra, R., Pérez. N. (2007). Competencias emocionales. Educación S.XXI, pp. 61-82.

Goleman, D. (1995). Inteligencia Emocional. Editorial Kairós.

González-Bueno, G., Bello, A. (2014). La infancia en España 2014. UNICEF Comité Español.

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